jueves, 26 de enero de 2012

El secreto entre los árboles (Parte 8)

El anciano dormitaba dentro de su casa. A la sombra, lejos de la luz que se conseguía filtrar a través de las desgastadas tablas que constituían la contraventana. Desde allí conseguía oír los gritos alegres de los niños jugando de rama en rama; también conseguía oír el murmuro de los guardas que tenía día y noche apostados en su puerta, y ahora oía una voz que jamás lograría olvidar.

Álex se dirigió hacia una enorme puerta de madera tallada sobre el tronco del árbol, a cada lado, dos enormes cerberos equipados de arriba a abajo con espesas armaduras de hierro. 

- ¿Dónde vas, Fernir
- Dejadme pasar, he de hablar con el gran maestro. 
- Me temo que no va a poder ser - Increpó uno de los guardas - sabes que la entrada está prohibida a todos a excepción de los que han sido llamados por el gran maestro, de todas formas...

La fría hoja del machete apenas rozando su cuello fue motivo suficiente para interrumpirle. 

- He de verle, y ha de ser AHORA. 

Rápidamente el otro guarda también desenvainó y le amenazó con su arma. 

- Cuidado con lo que hacer, Fernir...
- Chicos. - Se escuchó una voz tenue y marchita, procedía del interior de la casa. - Dejadle entrar.

Lentamente, cada uno puso a buen recaudo sus armas. Ambos se apartaron y abrieron la puerta que daba acceso a la vivienda, Álex entró y se perdió en la penumbra allí reinante.

En el interior, se encontraba una enorme cantidad de artilugios, libros y demás artefactos que escapaban a su comprensión. Una enorme estantería de madera tallada sobre el mismo árbol con decoración vegetal contenía una inmensa cantidad de libros amarillentos por el paso del tiempo. Una enorme bola terráquea estaba apoyada sobre un grueso pilar de madera que ascendía del suelo. Álex lo miró con curiosidad, no había visto nunca nada parecido a aquello.

Poco a poco, el sonido de los pasos del gran maestro comenzaban a oírse cada vez más cerca, cada paso iba seguido de un golpe seco de la madera de su viejo bastón contra el suelo.  Lentamente vio emerger de la oscuridad al gran maestro. En cuanto lo vio, él se postró en el suelo; apoyando la rodilla en el suelo y agachando la cabeza, haciendo una reverencia.

- Levántate, chico. Sabes de sobra que no me gustan las reverencias.
- Lo siento, gran maestro.
- ¿Sabes, chico? Me gustaba cuando eras más joven y simplemente me llamabas "Maestro"
- Sí, maestro. - Espetó Álex algo confuso.
- ¿A qué has venido? ¿Por qué un respetado cazador como tú arriesga su vida por hablar con un anciano como yo?
- Tengo algo que decirle, maestro.
- Siéntate y dime lo que tengas que decirme. Detrás de ti, a dos metros y medio hay una silla. Ponte cómodo. ¿Quieres algo de comer?
- No, gracias. Tengo cierta prisa.

El anciano se giró lentamente y sus miradas se cruzaron. Sus ojos eran blancos como la nieve virgen y su larga y espesa barba que brotaba de su rostro caía lacia hasta tocar el pecho. Esta se movía dulcemente con una repentina corriente de aire. Álex se giró y se acomodó en la silla.

- Mire, iré al grano...
- Tú siempre al grano - Interrumpió el anciano - Eh, Fernir.
- Maestro, hay indicios de que Amarok está cerca de Gaia.
- ¿Amarok? ¿Estás seguro de ello?
- Sí. Mi hijo lo vio... y también se lo llevó.
- ¿Cómo has dicho?
- Mi hijo partió con un amigo al manantial a disfrutar de la mañana. Allí fue apresado por aquel monstruo y se lo ha llevado más allá de la frontera con la zona muerta.
- ¿Es eso cierto?
- Sí - Dijo tajante-

El gran maestro se paseó por aquel habitáculo, apoyándose en su viejo y ya conocido bastón. Se dirigió al globo terráqueo que se encontraba al fondo, junto a la estantería. Con su mano raquítica y temblorosa lo tocó. Su tacto era suave y apenas contenía imperfecciones, estaba en las mismas condiciones que hacía cien años; cuando él y sus compañeros huyeron en pos de salvar la raza humana y fundaron los cimientos de la actual Gaia. Rápidamente, como si aquella edad que irradiaba fuese todo una fraudulenta máscara, se giró. Mirándole fijamente.

- Te diré lo que va a pasar. Fernir. Da igual que yo te de mi "bendición" o no para partir de Gaia en busca de tu hijo, porque partirás igualmente. Si partes sin el consentimiento del consejo, y tu mera presencia me dice que ya te han dado una negativa, pondrán precio a tu cabeza por abandonarnos. Serás expulsado de la ciudad y dudo mucho que puedas volver a entrar. Y si consigues entrar, todos irán a por ti. ¿Lo sabes, verdad?
- Lo sé, maestro.
- Siempre has sido un buen chico, Fernir. Desde que quedaste huérfano por aquel dramático suceso yo he cuidado de ti lo mejor que he sabido. Te he enseñado las técnicas de lucha arcanas del "Antiguo mundo". Te he enseñado a cazar y todo lo que sabes. Te puse tu nuevo nombre, el que luces con orgullo, te nombré Fernir

Álex le miraba fijamente, dentro de él, se disputaba una batalla de sentimientos que intentaba impedir por todos los medios que saliera a la luz.

- Dejaré que te marches - Dijo por fin - Pero antes, debes equiparte para salir fuera de la frontera, hijo. Abre esa puerta. -Dijo mientras señalaba con la punta de su bastón a un lugar en la pared; donde exactamente, se encontraba una puerta.

- Hay veces que realmente dudo de que seas ciego, maestro.

El anciano mostró una enigmática sonrisa, luciendo una dentadura completamente perfecta y blanca. Álex agarró con fuerza el picaporte y abrió la puerta.

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