martes, 27 de diciembre de 2011

Redención

Mike exhalaba la última calada a su cigarrillo. El humo, ingrávido en el aire formaba una nube que se retorcía en ángulos imposibles hasta desaparecer con el viento. Cuando hubo acabado con este, lanzó la colilla a los pies de la silla de plástico carcomida por el sol en la que se encontraba sentado, junto a la otra docena.

El astro rey brillaba alto en el firmamento, contemplando expectante la macabra acción que allí iba a producirse.

Presionó suavemente con la mano el bolsillo de su camisa, encontrando dentro de él la cajetilla de cigarrillos. La abrió lentamente, deleitándose de aquel momento. Al abrir la caja, el aroma del tabaco se introdujo por su nariz, transportandole a un universo paralelo donde todo permanecía igual, nada había cambiado. Donde todo era perfecto.

Se puso el cigarrillo en los labios y sacó su brillante zippo del bolsillo de sus vaqueros. Lo acercó a la punta de el cigarro y giró rápidamente la minúscula rueda, provocando una inocente chispa y a la vez una todopoderosa llama, oscilante a merced del viento. Una vez prendido el cigarro, arrojó el mechero al vacío.

Hacía unas tres horas que permanecía allí atrapado. En una de las torres de vigilancia de la prisión estatal de Houston, en Texas. Veinte metros más abajo, una horda de aproximadamente un centenar de zombis permanecía expectante y furiosa ante la presencia de el único ser vivo en varios kilómetros a la redonda. Necesitaban su carne como el respirar, aunque lo del respirar para ellos fuera cosa de tiempos mejores.

Volvió a dar otra calada, esta vez fue más larga e intensa. Saboreando lentamente el humo que se introducía por su boca y le inundaba los pulmones.

Mike se levantó rápidamente, lo que provocó un pequeño mareo dentro de su ser, aunque no llegó a percibirse en el exterior. Se ajustó las gafas de sol de aviador hacia la parte superior de su tabique nasal. Extendió el brazo derecho y recogió el rifle que permanecía apoyado en uno de los pequeños muros de la torre de vigilancia. El rifle estaba frío como una mañana de diciembre, a pesar de la elevada temperatura reinante no favorecía a ello.

Recogió una pesada caja de cartón que había dejado en el suelo, rodeado por las colillas consumidas. Al abrirla, las brillantes balas de latón tenían un brillo especial, era idénticas a las que usaba todos los días para cargar su rifle, aunque esta vez parecían brillar de una manera distinta. Parecían tener un poder especial, el poder de la liberación.

Cargó las tres balas dentro de la recámara y apoyó la culata del rifle sobre su hombro.

Mirando a través de la mirilla, pudo ver a uno de los reclusos. Sus ojos blancos como la nieve virgen le delataban, era uno de ellos.

- Ese cabrón no merece la redención. - Dijo mientras paseaba su mirada a través de los cuerpos putrefactos  que había bajo su torre.

Mientras paseaba el visor entre los muertos, volvió a detenerse, esta vez sobre una mujer. Esta tenía los cabellos dorados como finas hebras de oro. Aunque su rostro había perdido aquella dulzura angelical que tanto había cautivado a Mike la última cena de empresa, donde todos los funcionarios se reunieron. Recordó haber bebido algo más de la cuenta y haberle tirado los tejos, después de una laguna mental bastante espesa, solo recordaba haberse levantado desnudo junto a ella, en su propio dormitorio.

- Pobre mujer, mereces un descanso. Pero uno de verdad. - Calibró hasta que la cruceta quedó sobre el centro de su frente y disparó.

Un enorme estruendo seguido de el inconfundible olor a pólvora inundó sus sentidos. A través de la mira telescópica, vio estallar la cabeza de su antigua compañera y reciente amante. Viendo como se desplomaba su ahora cuerpo inerte y desaparecía entre la muchedumbre.

Una menos. Solo quedan dos

Volvió a dar otra de esas interminables caladas a su cigarrillo medio consumido mientras seguía buscando otra alma que liberar.
Esta vez, posó su mirada sobre un hombre que vestía elegantemente. Su corbata azul permanecía inmutable al igual que su camisa, que estaba empapada en sangre. Mike se fijó en su rostro. Unas gafas de pasta torcidas y un peculiar y frondoso bigote. No habían lugar a las dudas, era el Director Newman. La parte izquierda de su mejilla había sido amputada violentamente por lo que el intuía que fue un mordisco de uno de aquellos hijos de puta; mostrando al exterior su dentadura blanca y perfecta.

- Me alegro por ello. - Dijo con una sonrisa en el rostro. - Por tu culpa, maldito hijo de puta, me perdí el nacimiento de mi hija Alice. Espero que te pudras en el infierno.

La bala atravesó limpiamente el cráneo del señor Newman provocando en este una violenta sacudida antes de desplomarse.

Desancló el rifle de su hombro y lo apoyó en el suelo. Vio como su último cigarro había sido consumido casi en totalidad, dándole a este la que sería su última calada. Mientras exhalaba aquel dulce humo lanzaba la colilla al vacío, desapareciendo sobre el gentío allí reunido.

Se apoyó sobre el diminuto alfeizar y alzó la mirada al cielo, aquel precioso cielo azul de junio era lo último que sus ojos deseaban ver. Desde ahí contemplaba como el sol que desquiciante indiferencia tenía puesto la mirada sobre él, esperando con ansia su última acción.

Mientras miraba como una nube blanca y esponjosa viajaba por el cielo arrastrada por el viento, notó el frío acero de la boca del cañón bajo su mandíbula.

Había llegado el momento de huir de ahí, de volver con sus seres queridos. De la liberación de todo dolor, pena y desesperación. Y antes de que pudiera darse tiempo a replantearse cualquier acción, accionó el gatillo.


Había llegado el momento de su propia redención.



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