lunes, 26 de diciembre de 2011

La cadena

El bolígrafo negro bailaba sobre el papel fino y blanco como la nieve virgen. Solo iluminado por la tenue luz de la lámpara de su escritorio, las palabras trazadas con rapidez y soltura sobre el papel comenzaban a tomar forma. Se giró sobresaltado ante el repentino ruido escuchado tras su ser.
Como surgido de la nada, una gruesa y enorme cadena brotaba de su pecho y terminaba en una enorme roca maciza.
La miró con odio y resignación.
Terminó de trazar aquella nota y la dejó pegada con un poco de celo sobre el monitor apagado del ordenador; y, sacando fuerzas de flaqueza, comenzó a andar, arrastrando el enorme mineral tras de si.

Al llegar a la calle, la fría y oscura noche le dio la bienvenida, mientras una indiferente luna llena le contemplaba desde su altar en el cielo con todos aquellos ojos diminutos y brillantes a los que les gustaban llamar estrellas.


La calle estaba completamente solitaria Mejor, Pensó, así nadie podrá ver la enorme roca que estoy arrastrando. Ante aquel silencio desolador, las cadenas emitían un sonido claro y potente que parecía resultarles indiferentes a los vecinos que dormitaban por las cercanías. La roca, iba rayando el asfalto allá por donde pasaba, dejando un rastro de soledad.

Cuanto más y más se acercaba a su objetivo, la piedra parecía perder peso, por cada paso que andaba, la enorme roca parecía perder kilos y kilos, aunque su tamaño no variaba en absoluto.
 Ya casi había llegado, lo notaba, lo sentía en la piel erizada por el frío, lo notaba en el viento, lo notaba dentro de su ser.

De repente, paró de andar.
Se encontraba en mitad de un solitario puente por el que ni tan siquiera los coches se atrevían a pasar. Unas diez farolas se encontraban simétricamente colocadas a lo largo del puente, oscuras y muertas, sin manar de ellas luz alguna.
 Entonces, como si algún Dios se apiadara de él; la farola que había sobre él se iluminó, revelando sus facciones en una luz mortecina y sin vida. Volvió a mirar aquella roca, permanecía igual que cuando partió de su casa, aunque siempre no había sido así, había ido creciendo poco a poco, se nutría de él, de su odio, de la indiferencia que sentían por él los demás, se nutría de la oscuridad de su corazón.

Agarró con firmeza la barandilla, Que fría, pensó, ¿Así fue escrito mi final? Y se alzó sobre ella, poniendo sus entumecidos y desnudos pies sobre ella. Un fuerte escalofrío recorrió de arriba a abajo su cuerpo. Cerró con suavidad los ojos y alzó su rostro hacia el firmamento.

Ahora abrió los ojos y allí seguía ella con su fría indiferencia, contemplando aquel acto de locura, mirándole. Exhaló lentamente, divisando como su último aliento escapaba en una diminuta nube de vaho. Ladeó lentamente la cabeza, viendo de nuevo la piedra, pero esta ahora no pesaba, aunque su tamaño permanecía inalterable. Se volvió y poso la mirada en el vacío, las gélidas aguas del río y las piedras que allí dormitaban serían ahora sus verdugos.

Cerró los ojos y escuchó atentamente los fuertes y rápidos latidos de su corazón.
Dio un paso al frente y la gravedad le liberó.

Por primera vez en mucho tiempo, se sentía feliz.

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