martes, 27 de diciembre de 2011

Oscuro deseo


La vieja puerta de cerezo se abrió con un leve chirriar de las bisagras. Y entró, con aire parsimonioso, tarareando una suave melodía. Iba vestido de un impoluto traje completamente negro, una camisa blanca y una corbata azul eléctrico; en la mano portaba un maletín de piel marrón, su tez era dura y a la vez elegante. Quedó asombrado, nadie había ido a recibirle, aquello era extraño. Miró hacia delante, el único que le dio la bienvenida al hogar fue un enorme reloj de cuco, antiguo e impasible por el paso del tiempo, su gran péndulo era absolutamente hipnótico y profería un armónico tic tac.

Pasó del vestíbulo al comedor, encontrándolo completamente a oscuras, palpó con la mano la pared hasta que halló el interruptor. Al accionar el botón una enorme lámpara de araña se iluminó en el techo, dejando al descubierto el enorme e impoluto comedor. Todos los muebles tenían al menos un siglo de antigüedad, pero su elaborada y cara restauración les había dado un aspecto estupendo. En el centro, una gran mesa, decorada con un centro floral y un total de seis sillas, en cada lado de la mesa, y una única sola presidiéndola. Qué extraño profirió a decir para si mismo; no conseguía salir de su asombro.

Subió lentamente las escaleras, cada escalón que pisaba crujía levemente bajo sus pies, confiriéndole a estos un aire clásico. En cuanto terminó de subir las escaleras se desvió a la derecha, en la primera habitación que encontró abrió la puerta, provocando que tuviera que cerrar momentáneamente los ojos a causa de un haz de luz que entraba por la ventana. Al entrar cerró tras de si la puerta.

 En el enorme estudio estaba presidido por un enorme escritorio de caoba con un protector de fieltro verde, lo que le daba un aire a una de esas enormes mesas de póquer de los casinos. Encima de el se encontraba un ordenador portátil, un pequeño marco con una foto, que no podía ver ya que estaba en dirección contraria a la suya, y detrás del escritorio, un gran sillón de cuero negro.
 Se dirigió hacia el escritorio, pasando al lado del piano, que tenía empotrado en la pared. Mientras pasaba, deslizaba ligeramente el dedo rozando por encima de todas las teclas, hasta que llegó a la última que tocó con fuerza suficiente para que sonara, no como las otras; al tocarla esta profirió un sonido grave y oscuro. Retiró la butaca y se sentó, y accionó el botón para que el ordenador arrancase. Dejó el maletón sobre el escritorio y comenzó a sacar papeles y más papeles, dejándolos de forma ordenada sobre el escritorio, dejando ahora en el suelo el maletín.
Mientras se conectaba el ordenador, miró el pequeño marco de plata había visto antes desde el otro lado del escritorio. Lo cogió para mirar la foto mientras esbozaba una sonrisa. Su sonrisa se congeló al instante y sus ojos, grandes y azules, se abrieron como platos.

 El marco estaba en blanco, no tenía foto alguna. ¿Qué pasa aquí? ¿Dónde está la foto de Lucía y la pequeña? Pensó para si mismo ¡Esto es de locos! Se levantó y se dirigió hacia un espejo colgado en un lado de la pared, al lado de este, otro majestuoso reloj de cuco, continuaba impasible su rítmico tic tac. Al llegar al espejo quedó petrificado, veía su reflejo en el espejo, pero a la vez no era él. Su reflejo tenía un traje completamente negro y camisa negra con una corbata roja sangre, parecía una provocación. Entonces el reflejo en el espejo comenzó a hablarle.

Has llegado tarde, ellos han ganado. Le dijo su propio reflejo con una gran sonrisa sardónica en su tez fina y a la vez dura; él aún quedó más perplejo.
Entonces se oyó un grito desgarrador en la habitación de al lado.
Rápidamente abrió la puerta y corrió pasillo abajo, este parecía más largo que nunca, y abrió la puerta de su habitación con un sonoro golpe. Al ver aquel espectáculo dantesco, se echó a llorar.
Encima de una enorme cama con sábanas de seda, ahora tintadas de un potente rojo carmesí; se encontraba su mujer y su hija tumbadas y desmembradas encima de la cama. Él empezó a temblar y a llorar, profiriendo un grito hacia el cielo, a la vez que maldecía. Se acercó corriendo y se lanzó sobre la cama, ninguna tenía pulso. Agarró a su mujer y a su hija, a cada una con un brazo y mientras él se manchaba de sangre, sollozaba como un niño pequeño; cuando alzó la vista, quedó helado y petrificado.

 Tenían los ojos abiertos.
 Papá, ¿Por qué no hiciste nada? Dijo su hija sin mover los labios.

Se giró ahora hacia su mujer, su llanto ahora era incontrolado.
 ¿Por qué cariño? ¿Por qué? Dijo su mujer al igual que su hija, sin mover ni un músculo.

Les había tomado el pulso, estaban muertas; él era un buen médico, sabía cuándo una persona estaba muerta y cuando no, y ellas lo estaban. Se retiró de la cama, cayendo al suelo de culo y arrastrándose hasta que llegó a la pared, ahora estaba paralizado por el terror. Su cabeza palpitaba fuertemente y parecía que iba a estallar; en el fondo de su cabeza aún podía oír el tic tac del reloj de cuco.
Allí seguían ellas, muertas en la cama, mirándole con ojos muertos y acusadores y sin moverse, completamente llenas de sangre. Apoyándose en la cómoda consiguió levantarse sin apenas pestañear, mientras contemplaba los cadáveres descuartizados.

 Cerró los ojos con fuerza, y puso sus manos manchadas de sangre en la cara; lloraba descontrolado. Sus lágrimas provocaban que cayera la sangre de sus manos, haciendo el efecto de que lloraba sangre. Rápidamente se apartó las manos de la cara y abrió los ojos, su rostro manchado de sangre palideció y su llanto se cortó de inmediato. Delante de él y al lado de la cama se vio a sí mismo, con el traje completamente negro y corbata negra, al igual que en el reflejo en el espejo. Estaba sonriendo mientras le miraba.

Mira lo que has hecho, ellas no se lo merecían, te has sumergido por completo en la oscuridad, y una vez que te sumerges en la oscuridad no hay escapatoria Dijo su propio yo vestido de negro. Él no consiguió articular palabra. Cerró los ojos enérgicamente y volvió a oír el tic tac del reloj de cuco, entonces se sintió eufórico, y luego, en una calma absoluta.

Abrió los ojos. Se encontraba en el comedor, presidiendo la mesa, en las otras doce sillas se encontraban personas sentadas, todos sin rostro. Todos los platos estaban vacíos excepto el suyo, que tenía un buen bistec poco hecho, como a él le gustaba, de repente sintió hambre y comenzó a comer, era una carne dura pero a la vez deliciosa y con un toque que no llegaba a reconocer de que carne se trataba, miraba a los hombres sin rostro, pero no sentía miedo, no sentía nada, estaba completamente relajado. Oía continuamente el tic tac de su antiguo reloj de cuco, no se oía nada más. Movió la mano y agarró una botella de vino, se sirvió un vaso, el caldo era de un rojo brillante e intenso. Lo olió; un olor exquisito. Lo paladeó; un sabor sublime. Dejó la copa en la mesa y siguió comiendo. Cuando hubo acabado, dejo los cubiertos sobre la mesa.

La doncella entró grácil al comedor, profiriendo un grito desgarrador cuando le miró a la cara.
- Señor, por Dios ¿Qué es lo que ha hecho? – Dijo aterrada.
- Nada – Dijo calmado y sonriente – Simplemente me he preparado yo la cena, espero que no le importe. – Empezó a reír de forma enérgica, de ahí pasó a una carcajada, pero no una carcajada cualquiera, una carcajada malvada y oscura.

La doncella no podía creer lo que veía, en la mesa se encontraba él, vestido completamente por un traje negro, solo rota su homogeneidad por una corbata de un color rojo intenso, solo, presidiendo una mesa vacía y muerta, y en el centro de esta, los cadáveres de la señora de él y su hija, se encontraban mutilados y empapados en sangre oscura y reseca, él se estaba comiendo una pierna de ella.
- Señora Lucía..... Señorita Blanca… - Dijo entre sollozos mientras no podía evitar apartar la mirada de ellas. Su carcajada paró en seco, como si hubieran accionado en algún botón de su cabeza.
- ¿Nos acompañará en el postre? – Él volvió a romper a reír con aquella oscura sonrisa mientras el sonido del tic tac pasaba de un sonido suave de fondo a un sonido ensordecedor.

Se despertó sobresaltado, estaba empapado en sudor y solo llevaba puestos unos pantalones, sus ojos azules como el mar parecía que iban a salir en cualquier momento de sus órbitas. Le dolía terriblemente la cabeza. Sintió una punzada de dolor y se llevó la mano a la cara.

Miró en todas direcciones, una gruesa capa de espuma rodeaba cada centímetro de la sala, sin duda se encontraba en la habitación acolchada, había dormido mucho; no recordaba cuanto tiempo. Una fría gota de sudor le recorrió el rostro y se perdió en el olvido al precipitarse al vacío. Sabía de sobra que no volvería a conciliar el sueño, ahora, estaba tumbado boca arriba en el suelo, mirando el techo e intentando averiguar si, lo que había soñado era solo un sueño…
…O un recuerdo.

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