jueves, 11 de octubre de 2012

La cascada

Nadie sabe a ciencia cierta en que momento la cascada dejó de verter aquella agua fría y cristalina de la que siempre hizo gala y empezó a verter aquel líquido del color de un rubí, cálido y asfixiante como la sangre recién derramada.

Muchos de los ciudadanos de las aldeas colindantes abandonaron el lugar, creyendo que estaba maldito. Pero él, que gozaba de una curiosidad asombrosa y una locura contagiosa, fue a beber directamente de la cascada.

Las visiones que tuvo allí terminaron por desgranar su mente para siempre.

Pero él no fue el único. Poco a poco los curiosos y temerarios comenzaron a acercarse hacia la cascada, deseando comprobar cuales eran las visiones que proporcionaba aquella agua turbia como la sangre.

Todos y cada uno de ellos enloquecieron tan solo con el contacto de aquel líquido con sus labios. Y todos los cuerpos, que quedaban despojados de sus mentes, caían inertes al suelo, junto al primer intrépido aventurero, creando un tupido velo de cuerpos muertos en vida.

La cascada continuó alimentándose de la sangre de los caídos. Los árboles de la jungla ya habían admitido a los nuevos huéspedes como una parte suya, como si los cuerpos inertes se trataran de musgo, de rocas o incluso de un animal moribundo.

Hasta que de repente, tan rápido como había aparecido, se fue. El color del agua se tornó de nuevo fría y translúcida, tanto que incluso se podían ver perfectamente los rostros de los que habían caído al agua en lugar de entre las rocas.

Aquel sitio, endemoniado para unos y maldito para otros, por fin pudo descansar en paz.



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