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viernes, 5 de julio de 2013

Del papel al celuloide


Estamos cansados ya de escuchar esa frase, la cual hemos oído y la hemos pronunciado tantas veces que hemos perdido la cuenta: «Pues a mí me ha gustado más el libro que la película», pero ¿por qué es así?
Yo tengo el amargo recuerdo en mi infancia, leyendo los tebeos de Mortadelo y Filemón que devoraba con un ansia implacable y, al poco tiempo, comenzar a emitir la serie de dibujos por mi canal favorito. Aquellas voces, agudas y chillonas, me destrozaron los tímpanos y la «voz» que yo en mi mente había creado para ellos. A partir de aquel momento, cuando leía los cómics, sólo escuchaba aquellas estridentes voces que tanto me molestaban parlotear en mi cabeza cuando leía los bocadillos de los agentes de la T.I.A.
Luego, cuando ya era un poco mayor y comenzaba a dar mis primeros pasos en la “literatura libre” (que era aquella que no era la obligatoria que mandaban en el colegio), me sucedió la misma desilusión. Recuerdo imaginar los personajes a mi antojo en mi mente, asignarles las voces que yo creía perfectas y ver cómo vivían un sinfín de aventuras para que, años más tarde, me lo tiraran todo por tierra haciendo burdas adaptaciones cinematográficas que nada o poco se ajustaban a la realidad impresa sobre el papel.
Pero no sólo es el aspecto y las voces de los personajes son los que nos toca la moral. También te habrá pasado infinidad de veces que, ese trozo que tanto te gustaba, que tantas veces habías imaginado y que tanto te había marcado o incluso haber cambiado un poco tu percepción de la vida, había desaparecido misteriosamente del metraje. «¡Pero si esa parte es imprescindible!, ¿¡cómo se atreven a quitarla!?» Pero sí, se han atrevido, y te han jodido la película. Pese a que el resto es idéntico al libro, te la han destrozado y te vas a casa con un cabreo de mil demonios maldiciendo que has tenido que pedir una segunda hipoteca para pagar esa entrada de cine.
En definitiva, que ninguna pantalla puede sustituir esos paisajes mentales que tanto te gusta imaginar y en los que incluso puedes respirar la hierba fresca del campo, que no podrá sustituir esa voz inconfundible a ese personaje tan carismáticamente diseñado en tu imaginación y que jamás quitarán esos fragmentos que consideras “épicos” y que tanto han cambiado tu manera de ver el mundo. Hay películas fieles (y mucho) a los libros, pero ¿qué es mejor? ¿El olor a palomitas recién hechas o el olor de un libro recién abierto?

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Podéis encontrar este artículo de opinión en la web de Frikarte 

jueves, 6 de junio de 2013

La época de exámenes

Vaya, que interesante parece esa mosca que revolotea alrededor de tu escritorio, qué elegancia tiene al aterrizar y en posarse sobre tu lámpara proyectando luz sobre tu pila de apuntes. Ella te mira con esa mirada sospechosa que sólo las moscas saben hacer, entrelazando sus patitas, como sabiendo que todo eso algún día será suyo. ¡Ah! Recuerdas también como añoras ver esa película que tanto te gusta, o te apetece salir a correr, o a la playa, la piscina, ¿no estoy demasiado blanco/a para eso? ¿No debería salir aunque fuera al balcón o abrir las ventanas de mi habitación e ir ya cogiendo color para no llegar de un tono pálido muerto a la playa dentro de unas semanas?

Seguramente esas y otras muchísimas preguntas se os han pasado por la mente en un momento u otro, sobre todo, en la época que estamos viviendo actualmente, la terrorífica época de exámenes.



Los exámenes nos roban nuestro tiempo vilmente, forzándonos a recluirnos en nuestras pequeñas cuevas para estudiar, en el mejor de los casos, durante horas, para poder conseguir ese aprobado que tanto deseamos. Pero también, la época de exámenes hacen florecer una pequeña parte de nuestro interior, unas habilidades ocultas que ni tan siquiera sabíamos que teníamos. De repente somos genios de la observación, la deducción abstracta y absurda de las cosas y una manera monstruosamente eficaz para despistarnos con cualquier cosa.

«¿Por qué elegí esta carrera de ingeniería mecánica? ¡Ah, sí, para poder hacerme una armadura de Iron Man! Cómo molaría ser Iron Man…» Luego, te das cuenta de que llevas tres horas mirando fotos suyas en internet, o te descubres a ti mismo viendo la película en tu ordenador en vez de estar estudiando. Ese es un ejemplo como otro cualquiera y, seguramente ahora estés recordando cosas así que te han pasado hace… ¿cuánto? ¿Quince minutos? Oye, ¿qué haces en esta página leyendo esto cuando deberías estar estudiando? Seguramente fuiste a buscar algo relacionado con tu asignatura y has acabado aquí, pero no te juzgamos, eso le ha pasado a todo el mundo, así que ¿has visto cuantos artículos y reseñas interesantes tenemos por aquí? ¿Por qué no le echas un ojo?.

Ah, no, que deberías estar estudiando. Estamos en época de exámenes y eso es lo que se hace, ¿no?

No vamos a engañarnos, la época de exámenes es, literalmente, como el cagar. Tienes esa sensación en el estómago de «no sé qué va a salir de ahí», te toca apretar y apretar hasta que no puedes más y, cuando lo has echado todo, te recorre una sacudida de gusto puro que te invade en una fantasmagórica sensación de ligereza. Porque, para qué vamos a engañarnos, los exámenes son una mierda.

Oye, ahora que lo recuerdo, yo debería estar estudiando…

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Podéis encontrar este artículo de opinión que también publiqué en la web de Frikarte