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martes, 31 de enero de 2012

Vendetta


Siempre he despreciado la bondad de los superhéroes.

Cuando era pequeño, solía leer cómics de Superman. Veía aquel hombre, fuerte; raudo e indestructible, podía hacer lo que quisiera y cuándo quisiera. Y sin embargo, se dedicaba a ayudar a los demás a cambio de nada.

Podía haber aprovechado aquel extraordinario poder para atracar bancos o para someter al mundo bajo sus relucientes botas carmesís; sin embargo, lo desperdiciaba haciendo un bien a la comunidad. Mi padre me dijo en su lecho de muerte, cuando aún era un niño “Hijo, aprovecha todas y cada una de las oportunidades que te brinde la vida. Aprovecha cada segundo y no desperdicies en ningún momento el poder que se te brinde” qué razón tenía aquel hombre.

 No mucho más tarde, siguiendo el consejo de mi padre, me presenté para ser agente de policía en este distrito abandonado por la justicia, la coherencia y la reluciente mano de Dios. Me esforcé hasta prácticamente llorar lágrimas de sangre, pero al fin, accedí al cargo. 

Ahora era alguien; ahora tenía poder, y no pensaba actuar como aquel cretino con los calzoncillos por fuera.

Conocí a mi mujer, Betty, en un bar. La salvé de que un borracho la violara allí mismo, delante de las risas quejumbrosas de los parroquianos. Poco a poco nos fuimos conociendo mejor; ella era la única que conseguía sacar todo lo bueno que había en mí, y yo simplemente me enamoré perdidamente de ella, de su risa, sus labios; su boca, de todo su ser. Era la pieza del puzzle que creí haber perdido para siempre. Al poco tiempo de empezar a vivir juntos, se quedó embarazada. En el invierno más rudo que mi memoria alcanzaba a recordar, nació el pequeño Matt.

Ahora mi vida estaba completa.
 Era completamente feliz.

Hasta hace una semana.

Un malnacido, de nombre Joe el billetes, atracó la sucursal bancaria del distrito. Asesinó cruelmente a todos y cada uno de los que permanecían dentro de él una vez le dieron el dinero. Entre ellos estaban mi mujer y mi hijo.

Jamás creía que una sola persona pudiera albergar semejante dolor dentro de su corazón hasta ese momento. Mi alma se estaba llenando de odio, rabia y desesperación. Sin apenas darme cuenta, me estaba precipitando al vacío anegado por la oscuridad.

Dejé el trabajo y comencé a vivir la obsesión; la testarudez de acabar con aquel hijo de puta. No tarde mucho en encontrarlo, saber a dónde iba y de dónde venía, gastándose el dinero que había costado la vida de las personas más importantes en mi vida.

Lo iba a pagar.

Es más, lo está pagando ahora mismo.

 Hace una hora lo vi subirse al coche de camino al puerto y le seguí. Aparcó el coche en una zona apartada, para comprar algo de cocaína. Nada podía fallar ahora; los astros, el karma, la justicia o cómo quieras llamarlo se habían alineado y me estaba dando la oportunidad de reequilibrar la balanza. Mi venganza se llevaría a cabo.

Cuando volvió a subirse a su destartalado coche ya era demasiado tarde. Lo había rociado con más de cincuenta litros de gasolina y había roto la cerradura, ahora se encontraba atrapado dentro del coche. Escuché sus insultos, sus blasfemias y todas las parrafadas que podían salir de aquella cloaca que tenía por boca. Simplemente me quedé fuera, observando su asqueroso rostro hasta que no pude más. Me aparté unos metros y lancé el cigarro que tenía atrapado entre mis labios contra aquel coche que comenzó a arder.     

Ahora, el coche está ardiendo vivamente. Escucho atentamente los gritos de dolor y desesperación que brotan de esa garganta quejumbrosa. Cada segundo de su agonía es para mí uno de gozo indescriptible. Hasta que al final, han cesado los gritos. Ese hijo de puta ya ha muerto, debería de haber vivido un poco más para mi gusto, debería de haber sufrido más.
Siempre he oído que una vez completada la venganza, el sentimiento de vacío y la agonía nunca desaparece; que prevalece sobre todas las cosas. 
He de decir que al principio no es cierto, pero que luego, se vuelve la cruda realidad. Un fantasmagórico sentimiento de alivio y gozo inundó mi cuerpo al principio, pero luego se tornó igual que antes. Solo amargura, dolor y vacío. Él había muerto, pero de sus cenizas no habían resurgido mi mujer y mi pequeño. Seguía igual de solo.

Ahora me estoy colocando el revólver en la sien. Tu tacto es frío, aunque sé que dentro de poco dejaré de sentirlo. Voy a reunirme con mi mujer y mi hijo ahora que he completado mi Vendetta. Espero mientras me fumo mi último cigarro y observo el esqueleto calcinado del coche al que yo mismo prendí fuego. Doy mi última calada al cigarro, exhalo el humo con infinita tranquilidad; no tengo prisa, ahora ya no. 

Una vez acabado el cigarro lanzo la colilla en dirección al vehículo, perdiéndose entre las vivas llamas de odio. Cojo el revólver con fuerza y al fin, aprieto el gatillo.